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Bar del infierno: Cuentos cortos (Dolina)

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Bar del infierno: Cuentos cortos (Dolina)

Mensaje por ForCD el Dom Feb 07, 2016 3:52 am




ESPERAS


El joven K’uai estaba ansioso por hacerse mayor de edad. Sus padres le habían prometido ricos obsequios y habían previsto para él el ingreso a la carrera de los honores administrativos. Pero el día tardaba en llegar y el muchacho no soportaba tanta dilación.
Una noche se le presentó un genio y le ofreció como regalo un ovillo de hilo sedoso.
—Este ovillo evita la espera —explicó—. Cuando quieras que algo suceda inmediatamente, suelta un poco de este hilo, que es el tiempo, y el futuro se hará presente. Eso sí, úsalo con mucho cuidado.
El joven aceptó el obsequio, tiró del hilo y se hizo mayor de edad en una fiesta deslumbrante. Allí conoció a una joven que le dio esperanzas de amor. Entonces aflojó el cordel para que aquellas esperanzas se cumplieran. Se arregló el matrimonio y el joven K’uai siguió desenrollando el ovillo para que llegara el día de la boda. Después, lo hizo para que naciera su hijo y para verlo crecer.
Hubo otros hijos y sus hijos tuvieron hijos y todo sucedió sin esperas, gracias al ovillo prodigioso.
Una tarde, ya viejo y enfermo, quiso soltar un poco de hilo para aliviar sus dolores. Al hacerlo, vio que el cordel se había terminado.
Entonces apareció el genio, que era una criatura demoníaca, y le dijo:
—Te recomendé que lo usaras con prudencia. Tu vida se acabó.
K’uai murió. Desde su primer encuentro con el genio había pasado un mes.





LA MUERTE


Entre los gitanos que al final de la Edad Media vivían en Bulgaria, la Muerte solía aparecer bajo formas amables, gratas y aún tentadoras.
En ocasiones, era una hermosa bailarina que extendía los brazos hacia su víctima en el momento más frenético de la danza.
Otras veces era un músico, que tocaba en su cítara unos aires melancólicos que convidaban a viajar al otro mundo.
En los meses de verano, la Muerte era visible, comía con las familias más poderosas y contaba historias de personajes ilustres. Todos le rendían homenaje o le hacían obsequios valiosos. Tan deseable aparecía el Ángel, que muchos entregaban gustosos la vida a cambio de un breve contacto.
Los gitanos y gitanas jóvenes empezaron a morir desmedidamente. Demasiado ocupada la muerte en aquellos decesos, no encontraba tiempo para llevarse a los viejos y a los enfermos.
El poder de aquel pueblo estaba seriamente resentido: escaseaban los guerreros, los trabajadores vigorosos y los vientres fértiles. Cada primavera, la Muerte se llevaba a los más jóvenes y a los más hermosos.
El héroe Lug, que era valiente, agudo y poseedor de una salvaje energía venérea, comprendió el funesto poder que tiene la belleza cuando sirve a las fuerzas de la destrucción.
Una noche, citó a la Muerte en un bosque sagrado que crecía en la ladera de una antigua loma. Ella acudió bajo la forma de la más hermosa de las mujeres. Lug comenzó a amarla ardorosamente pero, para sorpresa del Ángel, efectuó unas maniobras que había aprendido de unos taoístas chinos que había conocido en una caravana. Aquellos hombres le habían enseñado la destreza prodigiosa de prolongar la cópula indefinidamente, sin desembocar en las desaforadas culminaciones que los gitanos consideraban fatales y urgentes. Acostumbrada la Muerte a llevarse a los hombres a caballo de su último espasmo, trató de conducir a su compañero hasta el ápice del goce, pero no lo logró. Lug, hablando por entre sus dientes y tensando los músculos de sus glúteos, le dijo:
—Puedo estar en el penúltimo escalón durante toda la existencia, puedo dar todos los saltos menos el definitivo, puedo galopar a toda velocidad y detenerme exactamente al borde del abismo.
Después, recordando unas astutas manipulaciones que aconsejaban los sabios taoístas, Lug logró que la Muerte perdiera el equilibrio y cayera indefensa en territorios de placer. Entonces el ángel recuperó su aspecto verdadero y horripilante. El héroe la miró con ojos de fuego y le gritó:
—El amor y la pasión son más fuertes que la muerte. Ya no los uses como armas y vuelve a tus antiguos procederes de senectud, corrupción y enfermedad.
La Muerte se rió con dientes de calavera.
—El amor y la pasión son la muerte y tú, Lug, amas porque mueres y mueres porque amas.
Lug cayó fulminado, pero la muerte ya no volvió a ser hermosa en aquellas tribus y desde entonces volvieron a morirse sólo los viejos y los apestosos. Las personas jóvenes y fuertes siguieron siendo, como en todas partes, inmortales.




EXIGENCIAS


Un joven persa llamado Daraiawa se enamoró de Cira, la hija de un comerciante de Susa. Ella no lo correspondió, pero para divertirse un rato, tuvo la idea de obligarlo a realizar hazañas imposibles o enojosas, con la promesa de entregarle su amor si las cumplía exitosamente.
En primer lugar, Daraiawa fue a buscar los frutos del árbol de la sabiduría, que crecía no lejos del río Indo, en los confines del Imperio. Los frutos provienen de una higuera que está rodeada de centenares de otras higueras, cuyos higos producen conocimientos falsos.
El joven permaneció largo tiempo en una enorme biblioteca que hay junto a los árboles. Allí indagó en los libros secretos la forma de diferenciar un fruto de otro.
Después, tuvo que profanar el templo de Maharashtra, donde sólo pueden entrar los monjes de la Orden del Águila. Daraiawa cumplió durante siete años las arduas tareas del noviciado y finalmente fue ordenado monje, entró al templo y robó unas reliquias que entregó luego a la joven Cira.
A lo largo de los años, Daraiawa fue matando dragones, escalando montañas, resolviendo enigmas y desobedeciendo leyes sagradas.
A cada hazaña cumplida, Cira le encargaba otra, prometiendo que sería la última.
Finalmente, ella le dijo que nunca lo amaría. A Daraiawa no le importó mucho porque él ya estaba viejo y Cira también.
Murió poco después, creyendo que no había sido amado por la insuficiencia de sus proezas.




BARES


I
A fines del siglo XIX funcionaba en Londres, en el siniestro barrio de Whitechapel, un bar frecuentado por suicidas. Allí, cada noche, alguien era obligado a matarse.
No está claro cuál era el procedimiento para establecer cuál de los parroquianos debía morir. Algunos hablan de un sorteo, o de un juego de naipes, o de un licor envenenado.
Durante un tiempo, el establecimiento estuvo de moda, no sólo entre los que buscaban la muerte, sino también entre jóvenes aristócratas deseosos de emociones fuertes, que iban allí a tomar una copa como quien juega a la ruleta rusa.
Pasado su momento de esplendor, el bar se hizo menos concurrido y, por lo mismo, más peligroso.
Algunas noches no iba nadie y los aburridos mozos, por pura seriedad profesional, se suicidaban.
II
Cerca del puerto de Nueva Tiro, en la antigüedad clásica, había una taberna en donde se auspiciaba la embriaguez de los extranjeros para apresarlos y entregarlos a los piratas, que los vendían luego como esclavos en el sur de Italia.
La codicia de los propietarios los condujo a ampliar las capturas, de modo que fueron abolidos los requisitos del alcohol y el nacimiento lejano. Así, se procedía a esclavizar directamente a todo el que entraba.
Ante ese trato descomedido, la gente dejó de ir.



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